Isabel Bautista Nieto (FMA)

Lo primero que  se viene a mi cabeza, al hablar de mi vocación, es remontarme al origen de la misma: la suerte de haber nacido en una familia  creyente.

Mis padres son de Macotera, un hermoso pueblo de la provincia de Salamanca… Allí viví los primeros años de mi vida, donde se me fue transmitiendo la fe del modo más sencillo posible. Mi madre fue mi catequista al tomar la primera comunión. Y en el salón de mi propia casa teníamos la catequesis varios de los niños que nos estábamos preparando para tomarla.

Mi padre, un agricultor sencillo, no de grandes palabras, pero sí de buenos ejemplos: comprometido siempre con el pueblo, en diversos  cargos. Adorador nocturno fervoroso, siempre que podía, a las vigilias me llevaba, cuando ya tenía 11 años, aproximadamente. Su ejemplo de oración ante el Santísimo, ha quedado dentro de mi vida. Ellos me llevaron al Colegio San Juan Bosco,  de Salamanca, donde estudié interna tres años, sin que, previamente, conociéramos a nadie que allí hubiese estudiado.

Desde el primer momento, allí me sentí “como en casa”: las Hermanas asistentes, las fiestas, el pertenecer a los grupos montañero y misionero, los momentos de oración por la noche en la capilla… fueron quedando hondamente grabados en mi memoria. Llegué a ser monitora de los grupos misioneros, eso fue lo que me mantuvo unida al Colegio, a pesar de pasar a ser antigua alumna.

Fui a convivencias vocacionales, invitada por las hermanas, sí, pero… no fue inmediata la respuesta. Tardé un tiempo en decidirme. Por eso, una vez acabado el COU, entré a estudiar enfermería. Marcó mi vida cristiana la vivencia de LA MISIÓN ’93 en Salamanca, conociendo y compartiendo mi fe con otros jóvenes, tanto o más inquietos que yo. De tal modo, que me unía con fuerza a las canciones de Migueli, que decían: te tengo que decir, que ya no puedo vivir sin Ti… Sí, había llegado a tener claro que el camino cristiano era el que más feliz me hacía.

Trabajé de enfermera dos veranos, al finalizar la carrera. Y, hasta que no hice un buen proceso de discernimiento, durante más de un año, acompañada por un sacerdote diocesano, no vi con más claridad la llamada que Dios me hacía a la vida salesiana. Entré el 23 de septiembre de 1996 en el aspirantado, allí mismo, en Salamanca. Me animaron a estudiar teología. Viví en la comunidad de Sancti Spiritus, con otras aspirantes y postulantes que me acompañaron. Dios me dio la fuerza para superar las rupturas que se han de hacer progresivamente para “seguir a Jesús más de cerca”… ¡Y en mi propia tierra!

Mi primer año de noviciado lo hice en Barcelona, y el Segundo, en Madrid. Tuve la suerte de compartirlo con novicias de toda España, lo cual fue para mí una auténtica riqueza, que agradezco a Dios infinitamente.

Con 25 años hice la primera profesión, día que recuerdo con gran felicidad, por las personas que me acompañaron, especialmente mis padres, que poco a poco iban aceptando los pasos que su hija iba dando y que, ni mucho menos eran los que ellos para mí habían pensado. Mis primeros 8 años como Salesiana los pasé en el colegio donde yo estudié y estuve interna. ¡Y ahora yo era asistente! ¡Qué difícil tarea! Acabé teología, carrera que me ayudó muchísimo, sobre todo a comprender con más profundidad el misterio de ese Dios que sentía que con fuerza me llamaba.

Las clases de religión en secundaria han sido para mí un don y una tarea. El trabajar en los grupos de Nuevas Rutas y en el Centro Juvenil Jupi, me ha dado vida y sentir, como  Don Bosco:    “con vosotros me hallo a gusto”.

Cambiar a El Plantío, costó, pero me sentí muy acogida. Aquí se me presentaron nuevos retos,  y hoy,  sigo aquí,  ¡hasta que Dios quiera! He tenido dificultades, pruebas, pero, sobre todo, Dios me ha concedido la experiencia de poder vivir mi vocación con mucha alegría, tanto con las Hermanas como con la comunidad educativa.

Sólo me arrepiento, de no dejar aún más a Dios que penetre en mi vida. Dejar que Él actúe…no ser pesimista, aunque no haya actualmente muchas vocaciones… De Él es nuestra vida, y a Él queremos entregársela hasta el final de nuestros días. Pero lograr esto, cada vez me doy más cuenta, que no es por nuestras fuerzas, si no, por la gracia de Dios que nos regala cada día en la Eucaristía, en la oración, en el Sacramento de la Reconciliación. Él sostiene nuestra fidelidad y me ayuda a lograr el sueño que tuve a los 13   años cuando entré en el Colegio:   Llegar a ser una buena Salesiana.

Isabel Bautista Nieto

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