10247252_10152115488988284_2947797358375486048_nHoy celebramos al fiesta de Domingo Savio. Recordamos un episodio de su vida:

Domingo tiene doce años. Lleva unos seis meses en el oratorio. En su alma hay un cambio y se le advierte triste y pensativo. Todos sus compañeros notan que en Domingo pasa algo. Don Bosco lo encuentra y le dice:

-¿Qué tal Domingo? ¿Cómo estás? Te noto un poco triste… ¿sufres algún mal?

-Al contrario, -respondió Domingo- creo que sufro un bien. Ese sermón suyo me ha dejado preocupado.

Efectivamente, Don Bosco había desarrollado tres pensamientos en el sermón de un domingo de Cuaresma. Dios quiere que todos nos hagamos santos. Es cosa relativamente fácil llegar a serlo. Hay un gran premio en el cielo para el que se haga santo. Domingo, como se ve, salió de esa plática sumamente impresionado. No podía quitarse de sus oídos la voz de Don Bosco, que repetía insistentemente: “Domingo, debes hacerte santo. Tienes que ser santo. Dios lo quiere”. Y otra voz que le repetía igualmente: “Tú no lo podrás. No lo podrás”. Y entonces buscaba los rincones del oratorio para dar rienda suelta a sus lágrimas. Fue entonces cuando lo encontró Don Bosco y llevándolo aparte le habló durante un largo rato. De aquel diálogo con Don Bosco, Domingo salió alegre y feliz. La paz había vuelto a su alma. Fue a rezar a la Iglesia de San Francisco de Sales y a postrarse ante la estatua de la Santísima Virgen.

“Sí, madre mía, te lo repito: quiero hacerme santo. Tengo necesidad absoluta de hacerme santo. No me hubiera imaginado que con estar siempre alegre y contento, podría hacerme santo”.

Don Bosco le hizo ver a Domingo, en qué hacía él consistir la santidad, cuál era la santidad que él quería que cultivaran sus jóvenes. Nada de obras extraordinarias, sino exactitud y fidelidad en el cumplimiento de los propios deberes comunes de piedad y estudio. Y estar siempre alegres. Si es hora de recreo, santidad es correr, saltar, reír y cantar.

“Nosotros aquí hacemos consistir la santidad en estar siempre muy alegres”, repetiría Domingo, como había aprendido de su maestro.

 

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